Diego Rodriguez

Críticos II: Pobre Ignacio Medina

Siempre he palpado la poca consideración que algún crítico gastronómico siente por la profesión y me he quedado con las ganas de sacarle la roja... Así que, una vez más en mi vida me toca enfrentarme a mi destino, por lo que hoy voy a hacer de abogado del diablo -nada personal, créanme- y me voy a permitir la licencia transgresora de algo inaudito: criticar al crítico; algo así cómo que los pájaros se subleven contra las escopetas. Dejar claro en primer lugar mi máxima admiración por esta profesión y sus profesionales, algunos de los cuales considero mis amigos; y, que cuando se me ha planteado alguna duda, con una llamada de teléfono me han resuelto el problema: el restaurante al que ir en la ciudad que me encuentro, los ingredientes que lleva tal o cual plato o el mejor matrimonio con los vinos. ¿Les doy algunos nombres? Claro que si: Joan Merlot, Carlos Maribona, Luis Cepeda, José Carlos Capel, Juan Antonio Díaz, Julia Pérez, Andrés Sánchez Magro y cómo no, Rafael García Santos. Tipos encantadores que te miran a la cara cuando te comentan algo y que siempre están cuando les necesito. Gracias a todos.
Por otra parte entre los desconsiderados se encuentra Ignacio Medina (Premio Nacional de Gastronomía 2009, pero de eso hablaremos otro día). Podríamos criticarlo por las lindezas de su lenguaje crítico, o por el incorrecto orden de las palabras, quizás por la construcción de frases mas simples que el bocata de calamares o su psicodelia (me refiero a su sintaxis). Pero este personaje presuntuoso va más allá. No sabiendo diferenciar lo personal de lo profesional: sintiéndose molesto sí algún cocinero cambia de coche. O, cuestionando el galardón que le han otorgado -al cocinero- llegando en algunos casos hasta descalificación personal (lean su artículo en vino y gastronomía titulado Pobre Madrid). Ahora bajo la forma de Juez Garzón se empeña en recuperar la memoria gastronómica; con sus desvaríos ha conseguido que su foto y la crítica de un restaurante (Casa Pepe en Despeñaperros) aparezcan en la barra de este, entre la de Franco y José Antonio, con la consiguiente disculpa escrita del director del medio al propietario del restaurante por la metedura de pata de este crítico. Pero no ceja en el empeño, y bajo el amparo de una hipócrita pátina de honorabilidad se autoerige el paladín de la independencia en lo que a crítica seria gastronómica se refiere; haciendo alarde constante de que el medio -El País- donde empezó, le puso de patitas en la calle por poner a parir a un restaurante satélite de este: el perro que muerde al amo que le da de comer, vamos. Y, así, con esa impronta se arrastra por algunos restaurantes haciendo el trueque del jamón navideño de Joselito por 250 miserables euros. ¡¿Independencia?! O llamando al amigote de turno para que previamente telefonee al programa de radio en el que participaba y llevarse así la caja vino de regalo ¡¿serio?! O, vanagloriarse de conocer el jamón que cata cuando previamente le ha echado el ojo al marchamo de la etiqueta... Cosas habituales en un gremio un tanto caradura y gorrón que al igual que con los trajes de Camps podríamos pasar por alto.
Pasar día y medio en un calabozo o no poder aparecer por Perú -son sus palabras- serían santo y seña de heroicos personajes novelescos, pongamos el Rick de Casablanca o Paul Newman en la leyenda del indomable, pero indaguen ustedes que heroicidad le llevó a ello. Yo les vuelvo a repetir: no es nada personal. Mis asuntos personales los resuelvo yo personalmente. Ignacio lo sabe.

 

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