Gastronomía Política

07/01/2012

La Vanguardia.  Valentí Puig. 

 La langosta Termidor no es de izquierdas ni de derechas como no lo es la escalope vienesa pero, ¿son de derechas o de izquierdas sus mejores catadores? La democratización conllevó un igualitarismo que al llevar las izquierdas al poder las asomó a las cartas de vinos. Es costumbre acantonar a los gastrónomos en la derecha política, pero eso era antes. A veces es que tampoco sabemos dónde están la derecha y la izquierda. ¿Era Mitterrand, hombre de paladar fino, de derechas o de izquierdas? Estuvo en Vichy antes de acusar a De Gaulle de golpismo permanente. En El último Mitterrand de Georges-Marc Benamou estremece esa escena casi final en la que el viejo florentino accede al voraz rito gastronómico de los pájaros hortelanos al armagnac. Es un plato prohibido por la ley. Se trituran de un bocado y los comensales se cubren el rostro con la servilleta.

Hace poco Le Monde ha vuelto a la discusión que si gastronomía de derechas o de izquierdas. Como en aquel devorar practicado por Mitterrand, ha habido en el club gastronómico algo de sociedad secreta. Lo que no sabemos es si se deleita mejor el gastrónomo o el hombre del pueblo que come lo que cocina su abuela, según el calendario y los productos de la tierra. Ya queda poca literatura gastronómica y no pocas veces a sueldo de los fabricantes de sopas de sobre. Se fueron Néstor Luján y Xavier Domingo, por ejemplo, hombres de portentosa cultura gastronómica, ideales para un almuerzo sin fin. Algo más lejos en el tiempo queda Álvaro Cunqueiro. Lo que no comía, se lo inventaba. Joan Perucho pertenecía a la misma escuela. Julio Camba, por el contrario, escribía para comer.

Situada de modo tangencial respecto a la izquierda caviar, hay otra izquierda a la que el desencanto con las ideologías y el mito de la ruptura llevaron del bocata obrerista al monocultivo melancólico de los placeres gastronómicos. Se les ve por los mercados de la ciudad, a media mañana, palpando sandías y discutiendo sobre los filetes. Le Monde cuenta el caso del director de Il manifesto, portavoz de la izquierda italiana más crítica, que acusaba de revisionistas a quienes disfrutaban de la buena mesa y luego se iba a Francia de vacaciones, para un tour gastronómico inspirado en lo mejor de la guía Michelin. Al fin y al cabo, las estrellas de la guía Michelin han acabado por sustituir los entorchados de la dictadura del proletariado. Últimamente hay bastante cuento en la cosa gastronómica y las raciones cada vez son más esquilmadas. Con la literatura gastronómica ocurre algo parecido, porque se ha convertido en una prosa de prospecto farmacéutico. Harían falta personalidades pantagruélicas como Alejandro Dumas, cuyo último libro fue su Gran diccionario de cocina. Como su Conde de Montecristo, Dumas no era de derechas ni de izquierdas, sino todo lo contrario